El martes, tenía visita con Julian (terapeuta), a las 5 de la tarde. Es por eso que cojía de la estación de tren de Valencia, a las 11 de la mañana.
Fué curioso ir a 200 km por hora. El tren de ida a Valencia tardó media hora más. Las dos veces, fuí solo sin compañero. La ida, me tocó sentarme en el único asiento solitario del coche. La vida me refleja tal y como me siento. Es increible lo que una persona puede llenar tu corazón, alma y vida. Y lo vacio que te sientes cuando no respiras el aire que respira.
A la llegada a Valencia, tal como me había dicho me esperaba Pepa, y Juanito. Una pareja de amigos. Era agradable ver que a su bien llevada edad, todavía se comportasen como si de niños se tratase. A la salida de la estación, Pepa, tenía planeado una ruta para enseñarme las maravillas de su ciudad. Pero Juanito, no és adivino, así que tomamos camino diferente, hasta que Juanito volvió al inicio de la ruta planeada. Que bonito fué ver su compañerismo. No había nada de ego, ni de si yo tengo razón o no. Solo una persona con una intención y otra sabiendo adaptarse.
El viernes por la noche, Amparo y yo fuímos a tomar unos montaditos a un bar conocido por ella. Lo más gracioso fué cuando ella no queria postres y el camarero nos recitó su pequeña lista. A la palabra creppe los dos nos miramos y ya supimos que lo compartiriamos. Amparo y yo, a pesar de no conocernos demasiado, compartimos en confianza bonitos momentos de transparencia y claridad.
La primera comida fué burla de Amparo, la hija de Pepa. Por lo que interpreté, los macarrones, son el salvavidas de Pepa, a la hora de la comida. Pero a mí, me gustaron, así que no tuve inconveniente. Estos días me alojé en casa de Amparo. Una mujer, de trato fácil y agradable. Las pecas en su rostro y su sonrisa, hacen de ella una mujer atractiva. Pero como me pasa, últimamente, la veia como lo que era, una mujer agradable y linda. No la mujer a la que amo y que deseo. En este viaje, he visto que resulto agradable a la vista de algunas mujeres. En un paso de peatones, cuando preguntaba por una calle, en la compra, los ojos intrigados de varias mujeres me buscaban, lo notaba, pero en mi interior solo hay unos ojos marrones y lindos a los que me deseo entregar en cuerpo y alma.
Amparo me ofreció dormir en su cama, mientras ella dormiria en el sofa cosa que le agrada, como a mí últimamente. Hablamos de ello y al final aceptó que yo durmiese, en el sofa. Tanto ella, como yo coincidimos en el motivo por el cual dormimos en los sofas. El sábado fué dia de perderme por las calles de Valencia. Primero fuí a la estación para pedir el billete de vuela a Barcelona. La chica de la taquilla de Renfe, me comentó que si llevaba el antiguo (en el billete tiene que poner ida y vuelta), tenía un descuento importante. Cosa a la que accedí. El problema es que el billete estaba en el libro escrito por mi terapeuta.
Perderme esa mañana por las calles de Valencia fué agradable y desagradable a la vez. Hacía un bonito día. Valencia, esta muy bonita. Personalmente tuve la impresión de que era una ciudad tranquila, limpia y agradable. Su nucleo es pequeño, pero su casco antiguo es enorme. Me gusta hacer fotos con la cámara nueva, no soy un artista, pero de las cámaras que conozco sus fotos són las que más me gustan. Un hombre negro, al verme hacer fotos a un monumento me preguntó si me gustaba el arte. Su simpatía era contagiosa. Igual que la de unas personas disfrazadas, que estaban desayunando delante del mercado central. Yo hacia fotos al mercado, cuando uno de ellos, gritó: “todos, mirad al pajarito, mirad”. Fué una mañana de largo paseo en la que cada paso que daba la echaba de menos. Mi compañera, al menos para mi, hace que todo sea más bonito, que la vida sea más de lo que nunca ha sido para mí. Una de las cosas más agradables en mi vida, es hacerle fotos y ahora que valoro realmente que significa compartir, no había nadie con quien compartir.
Sera casualidad o no, pero Pepa durante estos días no volvió a repetir menú. Sus comidas han sido un descanso a mi mal comer. Tengo que poner control a comer bien. Sé cual es el motivo, yo mismo, y solo es ponerme a ello, pero me cuesta mucho. Los macarrones, el cocido con garbanzos, las tortillas o la sopa de verduras fueron bien refugiados en mi cuerpo.
El sábado por la noche, Amparo y yo fuímos a casa de su hermana Majo y Rafa. Su hijo no estaba pero si Balto, un lindo perro blanco que me observaba con ojos inteligentes. Me avisaron que era desconfiado, pero su comportamiento me transmitió lo contrario. La cena, creación de Rafa fué una delicia. Un pastel de carne, muy bueno y facil de hacer. Pero antes y para acompañar la botella de vino que llevamos, un queso fresco, tomate y mojama, nos esperaban. Sentí una sensación familiar y conocida cuando para fumar había que ir a la cocina. Como no sabían si me gustaba la fruta o el dulce, compraron un pequeño pastel. Y de paso celebramos el cumpleaños de Rafa, un hombre inteligente y afable cuya vida parece ser guiada por los hilos del destino. Conversamos largo sobre la vida de Rafa y la mía. Me dieron buenos consejos, Majo, es persona de acción. Y por sus experiencias, cree que todo es igual. Yo los escuché de verdad. Pero no entienden que me prometí respetar a la persona que amo. En sus últimas palabras me pidió silencio y distancia, y yo deseo regalarle mi respeto.
El domingo, Pepa y Juan, me enseñaron parte del nucleo y el casco antiguo de la ciudad. Fuímos hasta el Miquelet, la catedral, las torres de la ciudad… Pepa es una buena compañera de viaje, sabía como me encontraba y no paraba de hablarme para que mi mente estuviese más cerca de Valencia que de Barcelona, no lo consiguió pero agradezco su intento. Lo que me gustó fué averiguar de donde venia la expresión: “estar en la luna de valencia”. Tomamos un descanso, en su bar favorito delante de la plaza de la catedral. Y nos dirigimos a la casa de dos aguas: un museo que visité solo (pepa no sube escaleras y juan pasa), donde se refleja la vida de la realeza de Valencia.
De regreso a su casa, en el bus, me dió una bajada de tensión. Un mareo acompañado de un sudor frio sacudió mi cuerpo. La concentración en la respiración, controló la situación. Después de la comida, Pepa en su sillón, y Juan y yo en el otro nos relajamos. Entonces ocurrió. Ýo no estaba dormido. Tenia mis ojos cerrados y escuchando la televisión cuando de repente apareció en mi mente la imagen del interior de un ascensor, acompañado de una sensación de malestar. La imagen era muy clara, la sensación no tanto. Lo vinculé al instante con la única persona que he tenido estas curiosas conexiones. No sé si era una broma de mi mente pero deseo que sí. O al menos que ella esté bién. Y que esa sensación no fuese más que producto de mi imaginación.
Pepa y Juan, hablaron de otra pequeña excursión, para el lunes. Pero mi dolor de pierna, el tiempo y mi estado de ánimo no acompañaban. Así que disfruté de su compañia y del placer que me produce lavar los platos. En este viaje, ya no los vería más así que me despedí de ellos. Con el secreto deseo de volver, volver acompañado.
Cada dia, cada tertulia, cada instante he sentido como la hechaba de menos. Desearía poder hacer lo que me pidió en uno de sus últimos mensajes: soltarla. Pero como evitar lo que tu corazón siente, como evitar ser consciente de no compartir tu vida con la única compañera que quieres, como evitar amar lo mejor de tu vida.
En el regreso, leer el libro de Julian, me ayudó a entender algo. Pero esto, ya, es otro post.